La otra puerta del Tanatorio
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Orgullosos de ser funerarios


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Anecdotas del pasado reciente 4: La trituradora

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millhone


Admin
Era un día feo, de esos en los que el trabajo proveniente del día anterior no era mucho, por haber quedado resuelto en su mayor parte, y encima, a media mañana, tampoco es que hubieran entrado muchos servicios. Las antenas de la organización confirmaban que, en efecto, la entrada de trabajo en general, no era mucha. Eso hacía que fuera un día feo y el miedo comenzaba a palparse entre el personal. Aparecieron algunas rivalidades (yo me voy a esa recogida, ¡no, yo!; yo abro esa sala, yo). El riesgo de terminar haciendo alguna tarea poco gratificante, o incluso absurda, planeaba sobre las cabezas de los empleados, como barrer y fregar toooodo el garaje. O peor, asistirle en la eliminación en persona de los nidos de vencejos del almacén (¡ehe, Marciaaal, las ratas del aire!).

El nerviosismo aumentaba en los despachos.

Aparecía el personaje, digamos Z y todos bajaban las cabezas sobre sus teclados y fingían trabajar. Era evidente que no había trabajo para todos, pero no importaba. El ser humano es un ingenio de adaptación, y si no había trabajo ¡pues se creaba!

De esta forma, los papeles comenzaron a cambiar de mesa, a revisarse y recolocarse y reordenarse varias veces cada 10-15 minutos.

Si Z. entraba en el despacho ¿qué estaba haciendo la gente? ¡Trabajando, por supuesto! Era obvio que el personal no era consciente de estar perpetuando un sistema vicioso y poco productivo. El expediente Tal estaba en una mesa, la señorita Cual introducía los datos, llamaba a un proveedor, anotaba algo, corregía su letra o la de su compañero o compañera, metía los documentos en su subcarpeta, los dejaba perfectamente ordenados y se marchaba a toda velocidad. Se cruzaba en la puerta con la señorita Periquita, que se lanzaba sobre el expediente con ansiedad manifiesta y una mirada de mal disimulado reojo a la cámara de seguridad que lucía el techo. Atrapado el expediente, la señorita Periquita repetía, a la misma velocidad frenética que su compañera, los mismos pasos que ya se habían realizado y con la misma eficiencia.

Así, tres expedientes rotando, más cuatro o cinco personas en el despacho, y la vorágine trabajadora daba la impresión de que se trabajaba a destajo y con energía. Y se hacía ¡qué diablos! Pero el objetivo no era ya servir a los clientes, ni aportar a la empresa. El objetivo era, ni más ni menos, no ser tachado de ocioso, no ser objeto de castigo en uno de los archiconocidos cambios de humor del hombre detrás de la cámara, no ser denunciado por parte de otro compañero o de algún miembro privilegiado del Club de las Fantásticas. Así que, sencillamente, la documentación cambiaba de sitio y manos, y lo hacía a un ritmo tal que, de haberse dedicado a algo realmente a algo productivo, se hubieran replicado las pirámides de Egipto (vale, no es productivo en el siglo XX, pero ¿a que es espectacular?).

El sistema, del que eran completamente inconscientes sus ejecutores, y un poco consciente sus supervisores, tiene sus fallos. El más evidente es, claro, la distorsión de la información en el proceso. Así, en poco más de una hora, comenzaron a aparecer algunos fallos de comunicación, alguna repetición de pedidos, dos visitas a firmar a la misma sala, algo importante que no se comunicaba a tramitación… Lo normal en un día feo.
Y mientras, como ajenos a todo, los supervisores sobrevolaban el área de trabajo para garantizar que todo se hiciera correctamente en tiempo y forma, la línea de información fuera fácilmente identificable, “seguible”, y corregible, la responsabilidad no se diluyera en mil manos, y los tiempos sin trabajo se aprovecharan en esos estupendos cursos de formación proporcionados por la empresa, o en pequeñas reuniones de búsqueda de mejoras, o en revisar las instalaciones, o acompañar a algún doliente, o incluso, ¡para intentar tentar a algún cliente con algún complemento interesante!

¿Qué? No. Los supervisores sobrevolaban, sí, pero para garantizar que el movimiento se mantuviera como su dios mandaba. Eran conscientes del problema, pero a un nivel infantil. Sabían lo que estaba pasando, pero no comprendían el riesgo (tampoco ahora, por cierto).

En uno de esos cruces extraños de cuando la gente encuentra en aceras y carreteras, un tramitador había entrado como una flecha y dejado en la mesa una licencia, completita y rellena, con su sello y la firma de su señoría. A continuación, la señorita Zutanita, proveniente de fuera, se había sentado ante el expediente protagonista, y había pensado que lo suyo era que, si parte de la documentación estaba en sobres, la licencia también lo estuviera. ¿O no? Bueno, la licencia, quizá no. Iba al casillero correspondiente, después de su escaneo, y eso. ¿Con sobre o sin sobre? Total, ya estaban ensobrados, en un arranque de eficiencia con el sistema anti-castigos, un montón de papelotes, incluidos dos copias de lo mismo, un parte para el cura y otros elementos redundantes. Porque, si ensobras, gastas unos segundos en los que se te ve hacer algo. Así, licencia al sobre. Dejemos los datos del contenido para luego, o para un compañero, no sea que nos vean sin hacer algo (oh, oh, se mascaba la tragedia).


Salió Zutanita del despacho. Entró Periquita, al instante. Como una fiera sobre el expediente, que era ya un poco más grueso. Quizá haya entrado trabajo, pensaba. Nueva revisión a toda pastilla. Pero ¿Qué hace toda esta documentación repetida en este expediente ¡y ensobrada! A la trituradora con sobre y todo, varios de ellos, y dentro de ellos la inocente licencia, fruto del estrés y de la salud de los tramitadores. Papel azul trasformado en alegres serpentines. Tras el descubrimiento, minutos más tarde, Zutanita pasó también por varias gamas de colores faciales. Análisis del fallo: error humano. Responsabilidad: todos igual a ninguno. Discurso de los supervisores: la supervisión es excelente y el sistema intachable. Mejor busquemos un Culpable Oficial.

Algún día meterán a la empresa en lío gordo, ya lo veo, o quizá ya lo hayan hecho. Habrá que despedir a alguien ¿Qué tal la pobre Zutanita? ¡Comete muchos fallos, dicen! Y no es del club de las fantásticas, ni tiene padrinos, ni podrá convencer a nadie de que el problema es de organización y liderazgo.


Sc/Nc


Son cosas que pueden pasar en "un día feo", y por supuesto todo fue culpa de Zutanita.

Uróboros


Me encantan estas historias. La pena es que sean verdad...
En fin, es otra muestra más de que trabajar bajo vigilancia constante es antiproducente. Si sabemos hacer las cosas, que nos dejen hacerlas tranquilos.

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